José León Herrera. In memoriam. Testimonios

Publicado el 25 de enero de 2022

 

El día martes 26 de octubre de 2021 falleció el maestro José León Herrera, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú desde el año 1968, fundador y director del Centro de Estudios Orientales de la misma Casa de Estudios, y miembro eminente y muy querido del CEF.

José (Pepe) León fue un gran especialista en filosofía y pensamiento oriental y notable traductor de textos sánscritos al castellano. Estudió Letras en la Pontificia Universidad Católica del Perú y luego filosofía, filología clásica y sánscrito en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Obtuvo el grado de doctor en indología e historia comparada de las religiones por la Universidad de Tubinga (Alemania), en 1965, y el grado de doctor en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú, en 1975. Obtuvo múltiples becas de estudio, convirtiéndose en un gran orientalista y políglota. Tradujo libros sagrados hinduistas como La Kena Upanishad (UNMSM, 1958), La Katha Upanishad (UNMSM, 1959), el texto del yoga Yogasutra de Patanjali con el Comentario del rey Bhoja (Ignacio Prado Pastor, 1977), el libro sagrado Upanishads (PUCP, 1996), entre otras obras tradicionales de la India. Recibió la Orden del Tesoro Sagrado, Rayos Dorados y Collar del gobierno japonés (VI-2000).

Recogemos, a continuación, algunos testimonios de alumnos, amigos y colegas, como homenaje a su memoria.

 

Raúl Gutiérrez

 

1. ¿Impulsada por quién vuela la mente,

Lanzada hacia adelante?

¿El aliento primero, uncido por quién

Se pone en movimiento?

¿Impulsada por quién emiten los hombres la voz?

¿Y qué dios unce al ojo y al oído?

2. El oído del oído, la mente de la mente,

La voz de la voz,  y el aliento del aliento,

Y el ojo del ojo.

Habiéndolo liberado, partiendo de este mundo,

Los sabios se vuelven inmortales

 

Kena Upanishad, traducción de J.L.H.

 

Recordar a José León Herrera, a nuestro queridísimo Pepe, como solíamos llamarlo quienes pudimos disfrutar de su docta enseñanza y su cálida amistad, no puede ser otra cosa que celebrarlo. Sí, hace ya un mes que se fue de este mundo, pero sigue estando entre nosotros. Y lo digo porque su memoria vuelve presente algo de esa aura que transmitía Pepe con su presencia. Me refiero a algo en que coincidimos muchos de sus discípulos y amigos sobre lo que él significó y significa aún para nosotros. Me di cuenta de ello escuchando a Federico Camino contar una de sus anécdotas sobre Pepe. Contaba Fico que cuando coincidieron en Bonn, Pepe los solía visitar a diario en su casa. Vivía Fico con Cecilia en una calle por donde transitaba todo el tráfico pesado de esa zona de Alemania. El ruido era insoportable. Pero bastaba que apareciera Pepe para que aquel ruido desapareciera, y se sumieran en una especie de silencioso oasis  atemporal.  Pues a mí me sucedía lo mismo cada vez que o bien iba a visitar a Pepe en su oficina universitaria o que lo llevara en mi carro desde la universidad hasta su casa. En su oficina lo encontraba siempre dedicado a alguno de los problemas de la lengua griega o sánscrita sobre el que tomaba nota en alguna bolsita de té vacía que guardaba no sé dónde y que cada vez que lo necesitaba, casi por arte de magia, siempre volvía a encontrar. Y durante el viaje desde San Miguel hasta Surco siempre conversábamos de las insondables sutilezas de las concepciones del ser o el del no-ser en Grecia, los darshanas hindúes o el budismo, y, al igual que lo que le sucedía a Fico, era como salir del tiempo y el espacio sin percatarnos de todo lo que nos rodeaba. En verdad, no sé cómo, repentinamente nos encontrábamos en la puerta de su casa y, como para cambiar de escenario, siempre me invitaba a pasar. Pero así como ocurría esto conversando de los más recónditos problemas de la lengua o del pensamiento, Pepe también sabía encantar, es decir, interrumpir el flujo del tiempo, contando historias, sea de alguna novela, alguna película o un mito de la antigüedad. Hoy mismo me lo puedo imaginar como un pandit indio recitando los Vedas o, como Yājñavalkya o Svetaketu, conversando sobre las doctrinas de los Upanishads, como un rapsoda griego hilvanando fragmentos de viejos poemas épicos o, como dice un amigo común (B. Uhde), wie ein grosser Gelehrter nach Art des XIX Jahrhunderts, ein Herrn vom Witz und Geist, un gran erudito al estilo del S. XIX, un Señor de Ingenio y Espíritu. En suma, un auténtico Lese- und Lebemeister, un maestro de la lectura y un maestro en el arte de vivir uzer disem innersten grunde  – desde su fondo o fundamento interior -, sunder warumbe, sin [tener] porqué, libre del cálculo de medios y fines, antes bien, con plena espontaneidad (Meister Eckhart). Hace ya un tiempo en un homenaje a su persona me referí a él como un “católico” en el sentido etimológico del término, kathólou, palabra compuesta de la preposición katá – conforme, según – y hólos – todo, entero -, es decir, como un hombre verdaderamente universal que le daba el sentido más pleno a la catolicidad de la universidad. José León Herrera no era, sino que es y sigue siendo un hombre universal. Pues, además, de su profundo y fino conocimiento sobre las más diversas culturas y civilizaciones, sigue estando entre nosotros cada vez que se dan esos momentos en que, por las más diversas razones, escapamos a las limitaciones espacio-temporales. Qué físicamente no esté ya entre nosotros, es, como diría él mismo, parte de Lila (sánscr.), del juego cósmico de los dioses. Pero, para decirlo con esos juegos dialécticos a los que solía recurrir, quizás no sea así, y todo lo dicho no sea más que un consuelo para los que le hemos sobrevivido. Pues, ¿acaso no es verdad lo del poeta: σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος / una sombra en un sueño: el hombre? Gracias Pepe por compartir tu sueño con nosotros.

 

 

Salomón Lerner Febres

 

Hay contadas ocasiones en las que sobran las palabras. Esta es una de ella.  Poco o nada de lo que podamos afirmar sobre José León le hace justicia.

Nuestro Pepe excede, a través del recuerdo de su vida y su persona, todo aquello que se subraye para honrar su memoria y así rendirle el merecido homenaje que él ha ganado por el simple hecho de ser él mismo en el mundo que compartimos.

Se requiere que nos coloquemos en una dimensión superior a la del sentido que encierra el común del lenguaje (las palabras cotidianas) para acercarnos así al hombre que con su sola presencia entre nosotros ejemplificaba rasgos superiores.

Siendo de modo permanente bueno, comprensivo, generoso así desarrolló Pepe su existencia entendida como vida-con-los-otros.

Hombre que inspiró admiración y respeto fue esa también la imagen que nos lega a Pepe cuando nos referimos al modo en el que construiría su propia personalidad: en su día a día, siempre.

No es necesario adentrarnos en razonados  debates académicos para despejar temas o problemas relativos a lo humano, a la existencia de la espiritualidad, de la bondad, de la inteligencia que se pregunta por la trascendencia.

Basta para los que conocimos a Pepe, recordar cómo su sola presencia aportaba a todos,  paz interior y con ella una serenidad que, al tiempo que nos consolaba de los inevitables pesares que suelen acompañarnos, nos brindaba un suplemento de esperanza a los corazones, permitiendo así que renováramos nuestro temple y enfrentáramos,  con la responsabilidad y hondura que acompañan a la energía renovada, los problemas que ya sufríamos y aquellos otros que pudieran suceder.

Su ánimo sereno, su fino humor, su acendrada espiritualidad condujo a todos quienes le conocimos a considerarlo como un espíritu sabio, casi desencarnado y que,  sin embargo, comprendía mejor que nadie lo cotidiano y ello pues, podía verlo y responder a sus cuestiones desde una esfera superior, inmaterial a la que su naturaleza y su vida le habían conducido.

No se ha ido PEPE, nos sigue acompañando en nuestros corazones, pues ellos constituyen el suelo natal del recuerdo.  Él permanecerá a nuestro lado llamando nuestra atención para así reanimar una amistad que perdura y que sigue estando construida de lealtad, cariño y buen consejo.

 

 

Rosemary Rizo-Patrón

 

Hace casi un año, el 3 de diciembre del 2020, en ese momento responsable de la Dirección del Centro de Estudios Filosóficos (CEF) y en representación del mismo, leí unas palabras de Bienvenida al inaugurarse la Segunda Jornada del entrañable evento, La sílaba que nos une, que se realizaba en Homenaje a nuestro querido y recordado amigo y colega Pepe León Herrera. Dicho evento fue organizado por Estudios Generales Letras y el Centro de Estudios Orientales, y contó con el modesto apoyo del Centro de Estudios Filosóficos. Hace muy poco Pepe partió a la eternidad dejándonos sólo el recuerdo indeleble de su amistad, su figura, su persona. Es tan difícil imaginar –aceptar– su ausencia, embargados por todo tipo de recuerdos de sus frases, gestos, y de encuentros, que en esta ocasión he optado por conmemorar su memoria retomando palabras que le dirigí a él personalmente.

En aquella ocasión hace doce meses, el título La sílaba que nos une, aludía a Om, símbolo sagrado que expresa la vinculación esencial en el Hinduismo entre el orden fisico y el orden divino. Pepe nos recordó entonces que ella podía leerse como la vinculación esencial entre el maestro y el alumno, “transmitiendo alguna enseñanza”. Vale la pena, pues, destacar otra vez que a través de su vida y su vocación, Pepe representó simbólicamente la unión de dos ejes de la sabiduría clásica: la de Grecia y la de la India—tradiciones que, a lo largo de sus años de docencia (enseñando griego, sánscrito, filosofía y religiones orientales) así como en sus conferencias y eventos, él siempre supo hacer dialogar. Por eso, en diciembre de 2020, sus colegas y exalumnos también realizaron un coloquio en su honor titulado Sabiduría entre Oriente y Occidente.

Son pocas las personas que, a lo largo de su prolongada vida, logran vencer al tiempo. José León Herrera, nuestro querido Pepe, fue una de ellas; lo sigue siendo aún luego de su partida. Se vence al tiempo cuando lo realizado en el pasado es presente vivo, y se perfila como meta a alcanzar en el futuro. Además del valor de su larga trayectoria académica, él supo desplegar fuera de las aulas el magisterio de su temple y serenidad ejemplares: en las amistades que entabló y ante las situaciones difíciles que todos enfrentan tarde o temprano, de un modo u otro. Ese magisterio lo vivíamos en amenas conversaciones que él sabía sostener con colegas, amigos y estudiantes en los exteriores de las aulas en los patios, en los almuerzos de Ramón, en los cafecitos de media mañana y media tarde (o mejor, tacitas de té), e incluso en las diversas reuniones que tuvimos en nuestras respectivas casas. Sin duda, dichas conversaciones fueron más frecuentes antaño, cuando la universidad no había crecido tanto, extendiendo un cierto manto de frío anonimato sobre el campus. Supo, pues, exhibir un temple y una serenidad que trascendía toda simple anotación anecdótica simpática.

Pepe no sólo explicaba en sus clases las riquezas contenidas en las doctrinas filosóficas del Oriente. Nosotros comprendíamos que él las encarnaba de algún modo y, así, veíamos emerger en él ese raro fenómeno en el que, lo estudiado y asimilado, lejos de desaparecer, se convertía en vida, en relación buena y desinteresada con los otros. Nuestro querido Pepe, fue, en ese sentido y como todos lo reiteran, hombre “sabio” en el sentido eminente de la palabra. No huía del mundo, lo comprendía, juzgando con justicia y mesura cuando tenía que juzgar valorando. Todo esto ha sido evidente a lo largo de los años para nosotros, pues siempre tenía las ideas adecuadas cuando le tocaba aconsejarnos a sus amigos y colegas en problemas.

 

 

Cecilia Monteagudo

 

La muerte de nuestro entrañable colega José León Herrera nos ha llenado de tristeza a todos. Como muchos de nosotros Pepe hizo de la PUCP su segundo hogar y hoy nos sentimos muy cerca de Ute, Martin y Andrés, buscando contagiarnos de la serenidad, gratitud y agradecimiento con que se despidieron de él. Sus antiguos alumnos nunca olvidaremos la iniciación en el griego clásico y sus legendarios cursos de ‘Religiones comparadas’, ‘Filosofía de la religión’ y ‘Pensamiento oriental’. Las últimas generaciones que llevaron esos cursos con él quedan como testigos de su eterna juventud y renovada sabiduría.

 

Manuel Ato-Carrera

 

Pensaba, al escribir este testimonio, si acaso sería posible describir a nuestro querido José León Herrera, Pepe, con una sola palabra. Sin duda, quienes tuvimos el privilegio de conocerlo dentro o fuera de las aulas, sabemos que era un auténtico maestro. Precisamente, este concepto ha sido abordado con detalle en diversas tradiciones de la monumental India, a la cual nos introdujo magistralmente en sus clases de Pensamiento Oriental. De este modo, para comprender a cabalidad la maestría de Pepe, debemos recordar la definición de ‘acharya’ (ācārya) en palabras de Shankara, filósofo indio del siglo octavo. En su obra “Las Mil Enseñanzas” (Upadeśasāhasri, I, 1.6) precisa que, además de las obvias cualidades intelecuales, como el entendimiento, la inteligencia argumentativa o la memoria, el verdadero maestro (ācārya): “está dotado de ecuanimidad (śama), moderación o dominio de sí mismo (dama), compasión (dayā) y bondad (anugraha), entre otras virtudes… Libre de apegos (anāsakta)… sin transgredir las normas de conducta, y carente de vicio (doṣa-varjitaḥ)… el acharya tiene como único propósito ayudar a otros e impartir el conocimiento (de Brahman)”. Así, pues, en mis extremadamente afortunados veinte años de haber conocido a Pepe, tengo plena certeza de haber estado en compañía de un acharya, en la justa dimensión ética y académica del término. Gracias a él, sus alumnos y alumnas descubrimos fascinados que, junto con la tradición filosófica griega que nutre a Occidente, existía un mundo entero de escuelas filosóficas en Oriente de semejante complejidad y rigor, ante las cuales, la necesidad de profundizar en su estudio comparado se hacía imperiosa. Más todavía, pudimos constatar cómo los valores transmitidos por aquellas enseñazas, se manifestaban vivamente en la serenidad de espíritu, alegría y amabilidad de Pepe. Hoy, la vocación profesional de quienes hemos decidido continuar con los estudios orientales, no podría explicarse sin su ejemplo e influencia. Con su apoyo, pude llegar a la India para dedicarme a los estudios budistas. Recuerdo que, con ese fin, le consulté el 2016 en qué universidad me convendría hacer la maestría, si en la de Delhi o la de Nalanda. Sabiamente, sin forzar una conclusión, me respondió: “hasta donde entiendo, el Buddha nunca estuvo en Delhi”. Sonriendo, sabía entonces que debía ir a Nalanda, y así fue. Años atrás, recuerdo también que, en el 2005, luego de haber llevado varios de sus cursos y haberlo asistido voluntariamente en la biblioteca del Centro de Estudios Orientales – CEO, pensé en buscar a Pepe para consultarle sobre la posibilidad de trabajar con él. Inmensa fue mi sorpresa al encontrármelo en esos días por la Facultad de Letras de la PUCP y que, sin yo decir nada, me ofreciera un empleo en el CEO, cual leyéndome la mente. En efecto, algunos maestros tienen también esa capacidad prodigiosa de leer mentes… Eternas gracias, Acharya León Herrera.

 

 

Arturo Rivas

 

Del sueño sólo recuerdo que te escuchaba con la admiración y el cariño de siempre. Había otras personas alrededor. Nadie reconocible. Tu presencia era la única importante: irradiabas la sabiduría y generosidad con la que nos acostumbraste a contar cada vez que acudíamos a ti. Siempre me gustó acudir a ti, aunque no lo hiciese tan a menudo. Cuando la perdía, no había nada que me devolviese la serenidad como escucharte. En el sueño, me había acercado porque quería agradecerte el griego o, más bien, tu paciencia con mi lento y torpe aprendizaje del griego, pero tú hablabas de la India con esa serena emoción que te caracterizaba y no quería interrumpirte. A diferencia de tantas veces, ahora no tomaba apuntes y sentía que ello estaba bien. Sólo te escuchaba. Sólo disfrutaba ese instante bello y bueno. Mientras iba despertando, me fue invadiendo el temor de que lo que aún soñaba fuese una despedida. Ya despierto, pero todavía con los ojos cerrados, me dije a mí mismo: «ojalá que no…». Sonó entonces el teléfono y Fico me puso al tanto de la noticia. Todo el día he pensado en ese «ojalá que no…»; en esa reacción primera, casi inconsciente, tan poco generosa ahora que sufrías, pero hecha con un temor honesto. Hay personas que nos hacen tanto bien y que nos iluminan tan especialmente, que cuesta mucho despedirlas. La verdad es que no sé procesar aún qué haremos sin tu presencia. De algún modo y sin quererlo, Fico nos ha preparado para esto cuando bromeaba que eras alma pura, de otra dimensión, instanciada en un cuerpo por generosidad con nosotros. No sé si haya alguna inmortalidad y pueda allí verte nuevamente, como en mi sueño. Me gustaría. Sin embargo, ya es suficientemente milagroso y bueno haber coincidido en esta vida y haber aprendido tanto de ti. Quedan la satisfacción por haberte podido agradecer como se debía y el compromiso por seguir compartiendo tu excelencia, tanto académica como humana. Hoy, mientras dictaba Filosofía Antigua, le comenté a mis alumnos que he tenido la suerte de conocer a alguien como Sócrates. No creo que pueda decir eso de otra persona en el resto de mi vida. Sé que tú te sonrojarías, pero es cierto. De qué manera excepcional confluyeron en ti tu permanente modestia y el rigor y la lucidez con los que podías corregir incluso a tu maestro Tola. Nachiketas se preguntaba qué mortal podría regocijarse en una vida larga tras haberse aproximado a la indestructibilidad de lo inmortal. Tu larga vida es su respuesta. Y tu iluminación, como sucede con los verdaderos sabios, fue también la nuestra. Gracias, Pepe, por tu bondad, tu compasión, tu alegría y tu ecuanimidad. Gracias por despedirte de mí. Adiós, grande y buen Bodhisattva.

 

Alejandra Borea

 

Con mucha pena recibo la noticia de que el gran maestro Pepe León ha partido. Tuve la suerte de llevar los 4 cursos de Griego antiguo con él, Religiones comparadas y Pensamiento oriental. Tengo su traducción de los Yogasutras de Patanjali siempre a la mano. Tengo sus enseñanzas y su ejemplo siempre a la mano. Recuerdo que hace unos años le rendimos homenaje en una linda ceremonia, en la que pude leer el siguiente texto. Hoy lo comparto:

«¿Cuántos envoltorios de papel de té se necesitan para escribir mil y un historias, anécdotas, ideas, pensamientos, reflexiones, y quién sabe cuántos secretos más? Pepe León podría haber escrito en todos los sobres de té sobre la faz de la tierra y estos serían insuficientes, porque Pepe conocía las más recónditas historias, mitos, koans, lo inimaginable. Pepe había viajado por los rincones de las filosofías occidentales y orientales como doblando un pañuelo y siempre con una humildad admirable.

Y recuerdo muy bien que, entre complejidades conceptuales de alto nivel, discusiones sobre traducciones más precisas y otros asuntos urgentes para la academia filosófica, al chismorrear sobre la ceremonia de los premios Oscar con mis compañeros, Pepe entró en la discusión con una sabiduría irrefutable. Así también, en otra de las clases nos sorprendió con sus opiniones y predicciones sobre los partidos del Mundial. Era muy claro: Pepe lo sabía todo y estaba más actualizado que todos nosotros.

Y entre temas banales, serios y empresas casi imposibles (como Griego 3) Pepe nos enseñó que “las cosas más bellas son las más difíciles”. Entonces, si las cosas bellas son difíciles, el griego es lo más bello de todo lo que hay. Pero para esas situaciones, Pepe también nos enseñó que “tal como el nudo de la corbata, cada uno se la arregla como puede” y así fue como mi promoción fue una de las últimas en aprender con Pepe los 4 griegos.

Y, es verdad, quizás ya no recuerdo las declinaciones, el aoristo de ειμι y en dónde van los espíritus en ciertas palabras. Pero recuerdo más de una enseñanza, anécdota, cuento, frase, reflexión o historia que Pepe nos contaba en la clase, haciendo largos paréntesis que refrescaban el espíritu filosófico, caminos del pensamiento que se recorren con la ligereza de oír un cuento en una fogata, historias narradas con paz y calma dignas de un boddhisattva.

Y luego de los 4 griegos y algunos otros grandes retos, nos graduamos todos con corbatas muy arrugadas, pero, al fin y al cabo, felices de haber sido alumnos de tanta sabiduría y bondad en una bolsita de té, unos anteojos y una sonrisa»

 

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