Ciro Alegría Varona. In memoriam. Testimonios

Publicado el 04 de junio de 2020

 

El pasado 17 de mayo, de forma tan inesperada como lamentable, nos dejó Ciro Alegría Varona, destacado colega y entrañable amigo, profesor principal del Departamento de Humanidades y miembro de nuestro Centro de Estudios Filosóficos. Hijo del afamado escritor indigenista peruano, de quien heredó un notable talento literario, Ciro Alegría estudió Filosofía en nuestra universidad y se doctoró en la misma disciplina en la Universidad Libre de Berlín. Tuvo una destacada trayectoria académica y cívica, fue asesor de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, publicó muchos ensayos filosóficos y literarios originales y ocupó importantes cargos en la conducción de la PUCP, entre ellos el decanato de la Escuela de Posgrado. En el año 2018, ganó el Premio Copé en la categoría Ensayo por la obra Adagios. Crítica del presente desde una ciencia melancólica. Fue un generoso compañero de trabajo y un profesor muy querido por sus alumnos. Del aprecio que le tenemos y del dolor que nos produce su partida dan fe los testimonios personales que consignamos a continuación.

 

Gonzalo Alegría Varona

Duelo por mi hermano, Ciro Benjamín Alegría Varona. Ahora sí que me encuentro profundamente solo. La familia Alegría-Varona la componían mi papá, el escritor Ciro Alegría; mi mamá, la poetisa y editora hispano-cubana Dora Varona; mis hermanos mayores Cecilia y Ciro, yo; y mi hermano Diego. De los seis en total (papá, mamá y cuatro hermanos), solo quedamos dos: mi hermana (que vive en Miami) y yo. Lo que más me conmueve es la trágica coincidencia de las muertes de mi padre y mi hermano Ciro. Mi padre, el escritor Ciro Alegría, falleció de 60 años de derrame cerebral. Él nunca tuvo partida de nacimiento, porque nació en un apartado lugar en el campo: Caserío de Quilca, Sartimbamba, Huamachuco, Provincia de José Faustino Sánchez Carrión, Departamento de La Libertad. Cuando se fue a matricular en la Universidad Nacional de Trujillo, le exigieron la partida bautismal y entonces declaró haber nacido en 1909, pero muchos familiares que conocieron de su nacimiento real (por ejemplo, el tío “Hectítor”), decían que él nació en 1907. Mi madre también comentaba que él se lo dijo. De ser así, mi padre falleció a los 60 años, de derrame cerebral. Lo mismo que ha ocurrido con mi hermano Ciro Benjamín ahora que, por un trágico accidente, su brillante cerebro se conmocionó y sucumbió a la misma edad de 60 años, y con el mismo intelectual nombre de mi padre: Ciro Alegría. Somos una familia recta, buena, temerosa de Dios, que sufre especialmente el dolor de fallecer súbita e inesperadamente. Solo mi madre, Dora Varona, falleció después de una larga enfermedad. Parece que, a los Alegría, Taita Dios los llama a despachar con urgencia, para teñir las nubes con un blanquirrojo amor al Perú.

 

Cecilia Alegría Varona

“Tanto amor y no poder nada contra la muerte”, diría el poeta peruano Cesar Vallejo. A lo que el apóstol Pablo respondería: “Muerte, ¿dónde está tu aguijón?… Muerte, ¿dónde está tu victoria?” Con el corazón desgarrado por la pena, me duele comunicar la partida al encuentro del Señor de mi amado hermano Ciro Alegría Varona. Falleció de tan solo 60 años por un accidente que le produjo muerte cerebral. Me había llamado para saludarme por el Día de la Madre. Gozaba de buena salud. Era un hombre sumamente inteligente, filósofo, poeta y violinista (tocaba en la orquesta sinfónica de la PUCP), al que yo admiraba profundamente. Se graduó con suma cum laude de Doctor en Filosofía en la Universidad Libre de Berlín, habiendo escrito y sustentado su tesis en alemán. Dejó numerosas investigaciones y publicaciones de su especialidad y varios libros. Me entregó en mano su más reciente obra, Adagios, crítica del presente desde una ciencia melancólica, en mi visita a Lima en octubre del 2019. Lo vi feliz. Era políglota, catedrático de Filosofía por varias décadas, decano de la Facultad de Posgrado de la Pontificia Universidad Católica del Perú, ganador del Premio Copé 2018 en la categoría Ensayo, uno de los premios más importantes que el Perú otorga a sus intelectuales. Pero lo que más cabe resaltar de su gran vida es su humildad. No quiso tener ninguna red social. Detestaba el autobombo. Era honesto, probo, con una gran ética y moral a toda prueba. Un digno hombre de bien. Un gran hombre que deja un valioso legado al Perú. Tuvo tres hijos maravillosos. Su hija Alicia es mi ahijada. Me consuela saber que se encuentra ahora mismo en el Cielo, en los brazos de mi madre, conversando con mi esposo Jorge, gozando de la presencia de Jesús, a quien amó. ¡Descansa en paz, amado hermano! Te llevaré siempre en el corazón. Y nos volveremos a encontrar algún día en la vida eterna…. ¡Hasta entonces! Te quiero.

 

Salomón Lerner Febres

En palabras de fray Luis de León, citando su verso, Ciro Alegría Varona debe de haber sido “uno de los pocos sabios que en el mundo han sido”. Se puede decir esto ya que, siendo hijo del autor de El mundo es ancho y ajeno y habiendo logrado ser un intelectual de primer nivel y un erudito, era a la vez un hombre humildísimo, de carácter afable, lo que le hacía ganarse sin dificultad el cariño y la amistad de quienes lo conocían. Hacía honor a su apellido al mantener siempre el optimismo y el buen humor, a pesar de que su obra filosófica contenía mucha melancolía. Otros personajes rodeados de tantos reconocimientos se sienten tentados a la presunción. Ciro no era así. Era capaz de conversar con didáctica sencillez y, sobre todo, tenía el don de escuchar. Su sensibilidad se aproximaba al desengaño, a la sensación de una inevitable soledad y a la desconfianza en el lenguaje o a lo que George Steiner llamaba “la tristeza del pensamiento”. La exaltación del deseo que procura más deseo en la sociedad contemporánea es uno de los ejes de la obra crítica de Ciro, quien encontraba que la razón, uno de los valores de la Ilustración, había quedado reducida a su versión más obtusa. Es una razón instrumental que tiene como eje al deseo, en lugar de la autoconsciencia y la consecución de una vida buena. Ahora bien, eso no significa que la búsqueda de trascendencia y autoconocimiento hayan desaparecido por completo. Frente a la demanda de una vida con sentido, es decir, con autonomía, Ciro sostiene en un pasaje de Adagios: “Lo cierto es que las personas excelentes son de dos tipos: personas poéticas y personas éticas. Unas se justifican por sus obras y las otras porque son buenas personas”. La pregunta es si podemos ser poéticos y éticos a la vez. Lo poético nos libera del presente, suspende el tiempo que experimentamos y permite que sintamos por un momento lo infinito y aquello que no se puede decir porque solo se puede sentir. Lo ético, por su parte, nos brinda la paz con nosotros mismos y con los demás. Ciro era un ejemplo de que se podía ser poético y ético a la vez, es decir, que se podía hacer las cosas bien y a la vez hacer el bien. Con el fallecimiento tan temprano de Ciro Alegría Varona, la Pontificia Universidad Católica del Perú ha sufrido una enorme pérdida. Hemos perdido un amigo, un colega, un maestro. (Extracto tomado de su artículo “Ciro Alegría Varona. Duelo en la filosofía peruana”: https://larepublica.pe/cultural/2020/05/19/fallecio-ciro-alegria-varona-duelo-en-la-filosofia-peruana/).

 

Roque Benavides

Conocí­ a Ciro y le tuve mucho aprecio. Un intelectual profundo y muy dedicado, realmente una pérdida muy grande para la PUCP y para el Perú. Recordémoslo con cariño, respeto y admiración.

 

César Landa Arroyo

Nos conocimos con Ciro en Berlín a mediados de los noventa en casa de amigos comunes, cuando preparaba mi postdoctorado en Derecho Constitucional. Desarrollamos diálogos interdisciplinarios con empatía intelectual sobre el pensamiento filosófico y político del estado de derecho, como por los acontecimientos cambiantes del mundo de entonces. Cuando retornamos al Perú, esos encuentros derivaron en una invitación como profesor/conferencista en la Maestría de Derecho Constitucional, donde desarrolló magistralmente el pensamiento de Hegel de la Teoría del Estado; oportunidad adicional que tuvimos para dialogar sobre los conceptos de orden público y seguridad, desde una perspectiva no belicista sino civil y republicana de los derechos y deberes fundamentales. En estos eslabones académicos de encuentros espaciados en el tiempo, me cupo como decano de la Facultad de Derecho albergar bajo su dirección un curso especial para destacados miembros de la Policía Nacional del Perú, encargados de operar el sistema «Constelación» de vigilancia e interceptación telefónica de las organizaciones criminales, bajo estándares de respeto a la legalidad en la persecución policial  -bajo orden judicial- y límites razonables y proporcionales de la inviolabilidad de las comunicaciones -bajo dirección fiscal-. Sistema que también ha servido en el descubrimiento de las redes de la corrupción de los «cuellos blancos del Callao»; que ha dado inicio en el Perú a uno de los mayores procesos judiciales de buena parte de la clase dirigente del país -políticos, parlamentarios, jueces  supremos, fiscales supremos, empresarios, entre otros-. Su perfil de homo academicus pude nuevamente valorarlo y apreciarlo como asambleísta universitario, por su activa participación con claridad y convicción en las horas de lucha en la defensa de nuestra autonomía universitaria contra la injerencia del entonces Cardenal, que se saldó no con una pax romana -del vencedor sobre el vencido-, sino con una paz esperanzadora liderada por el Papa Francisco, en la que a partir del diálogo de sus representantes en la Asamblea Universitaria y la decidida voluntad de nuestras autoridades se mantuvo renovada nuestra identidad universitaria. Su defensa militante de la democracia constitucional y de la autonomía universitaria, no era menos sentida que el amor por su familia y su pasión por la cultura, el arte y la música, de lo cual tuve oportunidad de disfrutar -y me quedo con ese recuerdo- escuchándolo tocar el violín.»

 

Sheyla Blumen

La pérdida intempestiva de nuestro querido Ciro (QEPD) nos ha tocado a todos y todas. Estamos aún transitando un doloroso duelo por la partida de un muy buen amigo, excelente persona, brillante académico y músico apasionado, entre las múltiples facetas que lo caracterizaron. El cariño hacia Ciro compartido por los profesores del posgrado nos ayuda no sólo a expresar el dolor por la pérdida de un colega y amigo, sino también a avanzar en nuestros propios procesos de duelo. Tenemos entonces la preocupación compartida de apoyar en la organización de un homenaje que rinda justo tributo a su legado desde las diferentes instancias en las que se desempeñó. Desde la Escuela de Posgrado nos toca seguir por el camino ya trazado, manteniendo la excelencia académica que nos caracteriza, frente al desafío de la educación en modalidad virtual que nos acompañará buen tiempo, así como velar por el bienestar de nuestros y nuestras estudiantes, profesores, profesoras y el personal administrativo en su conjunto. El Consejo de la Escuela de Posgrado, el equipo de colaboradores y yo les agradecemos sus múltiples muestras de apoyo en la tarea que hoy nos toca continuar, como él lo hubiese querido.

 

Miguel Giusti

Comparto con muchos colegas, alumnos y amigos la tristeza por la inesperada partida de Ciro Alegría Varona. Viejo amigo, compañero de numerosos proyectos filosóficos, pensador original y creativo, con grandes dotes artísticas y personales. Fue un maestro de la prosa ensayística, lo que le valió hacerse acreedor al Premio Copé de Ensayo en el año 2018 por su preciosa obra Adagios. A través de una serie de ingeniosos comentarios a los refranes y dichos populares, Ciro Alegría lleva a cabo allí una crítica de la sociedad contemporánea con agudeza, pero con un optimismo secreto, con la promesa de una redención, si tan solo prestáramos atención al bien que hemos perdido. A ese bien le da el nombre de “reciprocidad”, y se refiere a la cooperación afectuosa, al aprecio por los entendimientos y los intercambios personales. Comentando el adagio «En los acuerdos, lo importante no es la letra, sino la música», escribe: «Mi tío Arturo me dijo una vez que a una persona se la conoce por su manera de tocar la puerta». Esa sabiduría ancestral que capta con tanta sutileza la forma de conducta, los hábitos, de las personas y que destaca la riqueza de la gestualidad y el buen trato, esa tradición de reciprocidad que nos fue alguna vez tan valiosa: allí hay, en su opinión, una fuente de rejuvenecimiento de nuestra sociedad dañada, una genuina promesa de vida peruana. Lo dice con la lucidez y con la esperanza de su melancolía. Nos duele, Ciro, tu partida. Nos vas a hacer mucha falta. (Extracto tomado parcialmente del Prólogo al libro Adagios, crítica del presente desde una ciencia melancólica, de Ciro Alegría).

 

Eduardo Jochamowitz

Nunca he escrito un obituario o una semblanza, pero me gustaría escribir algunas líneas para Ciro Alegría Varona. Fue mi profesor, director de tesis de licenciatura, más tarde me dio la oportunidad de trabajar junto a él como jefe de prácticas. Lo más valioso que me transmitió, fue entender a la Filosofía no únicamente con un saber teórico sino como una nueva sensibilidad. Gracias a él, descubrí una nueva mirada sobre las personas y el mundo, capaz de distinguir las motivaciones, los deseos, las injusticias y la enorme fuerza que pueden movilizar las convicciones y los sentimientos morales. Ciro poseía una enorme sensibilidad, era un gigante en ese terreno y solo basta con leer los primeros tres aforismos de Adagios para confirmarlo. Aprendió a sentir y a expandir su mundo sirviéndose del conocimiento filosófico. Siempre quería compartir todo con sus alumnos y amigos, como un niño emocionado ante un nuevo descubrimiento. Así despertó un enorme respeto y admiración por parte de sus alumnos. Con la mayor lucidez posible, nos enseñó que “no hay otra forma de vivir bien que ser justo con cada uno en las circunstancias dadas”. Por estas razones, se transformó en un maestro para mí. En el colmo de su generosidad, me permitió leer el manuscrito de su libro de aforismos, interesándose así por la opinión de un estudiante de filosofía de 22 años. Ciro era, es, una de las razones por las que quiero regresar al Perú luego de terminar mi doctorado. Sentía que podía trabajar con él, que compartíamos muchos intereses, pero, sobre todo, sentía que todavía podía aprender enormemente con él. Todavía podía aprender a sentir de nuevas maneras, a ver lo que antes era invisible, a expandir mi espíritu gracias a su amistad. Toda comparación es injusta o inexacta, pero siento que hemos perdido al Julio Ramón Ribeyro de la filosofía peruana. Un tipo genial, un gran amigo, generosidad pura. ¡Gracias, Ciro!

 

Nelson Vallejo-Gómez

Desde la creación del Hay Festival de Arequipa (Perú, 2015), gracias a su promotora cultural, Ángela Delgado Valdivia, se estableció un convenio de cooperación con la Fondation de la Maison des Sciences de l’Homme (FMSH-Paris). He tenido el honor y el placer de coordinar ese convenio y de participar en varias de sus actividades, en particular en las del 7 al 10 de noviembre 2019, “Imagina el mundo”, donde tuve el último encuentro, memorable, con el filósofo peruano Ciro Alegría Varona. Compartimos un mano a mano sobre la democracia y sus peligros en el teatro del Centro Cultural Peruano Norteamericano, donde Ciro desplegó la sutileza y la elegancia de un pensamiento firme, sereno, marcado por un pesimismo lucido y un optimismo hecho de amistad y empatía humanística y mundana. Cuando nos encontramos, frente a la Galería de Arte del Cultural, donde mi amigo Ricardo Wiesse exponía su última muestra, su afabilidad característica me recordó aquel adagio de uno de sus tíos, que Ciro gustaba citar como fundacional a la relación intersubjetiva: “a las personas se les conoce por la forma en la que tocan a la puerta”. Digamos que también se les conoce por la forma en la que saludan o responden al saludo, cuando se abre o se cierra la puerta del encuentro con el otro, cuando prima la mirada franca, la afabilidad y la sonrisa en los labios, como Ciro lo hacía. Tenía la elegancia de quien saluda desde la dignidad de la persona, mirando a los ojos con simpatía y sin prejuicio, desde el espíritu, como si en un simple gesto se estuviera poniendo en práctica, encarnando, la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Era a su vez profundamente peruano y totalmente cosmopolita. Nos hará mucha falta su discreción, su elegancia y su pudor metafísico. Ciro Alegría Varona era un aristócrata del intelecto y la belleza del concepto; lo analítico, intuitivo y vital eran su marca personal al pensar. (Extracto tomado de su extenso artículo de homenaje titulado “De la democracia y la corrupción. Ciro Alegría Varona in memoriam. Hay Festival de Arequipa (2019)”, accesible a través del enlace: Nelson Vallejo-Gómez. Ciro Alegría y el Hay Festival de Arequipa 2019).

 

Alonso Cueto

En medio de estos tiempos tan difíciles, nos llega la desaparición de una persona tan querida y admirada como Ciro Alegría Varona. En sus libros, Alegría propuso integrar la noción tradicional de la reciprocidad en la vida peruana moderna. El sentido de la reciprocidad es un camino hacia la integración social. El profesor Alegría siempre mostró un sentido de la reciprocidad y su requisito, la generosidad, en su trabajo en la Universidad Católica, una institución con la que se identificó de un modo natural. Sus libros, en especial su maravilloso Adagios (premio Cope del 2018), nos vuelven a dar esperanza en estos tiempos oscuros. (Extracto de su columna “Instinto de la esperanza”: https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/el-instinto-de-la-esperanza-por-alonso-cueto-noticia/).

 

Marco Curatola

Todavía estoy completamente trastornado por la noticia del fallecimiento de mi querido colega Ciro Alegría, con quien he estado seguidamente en contacto en estos últimos seis años en su calidad de decano de la Escuela de Posgrado. En dos ocasiones me ha renovado generosamente la confianza como director del Programa de Estudios Andinos, y ahora me disponía a acompañarlo en estos últimos meses de su decanato, que al parecer se iba a prolongar un poco más, por la postergación de las elecciones de nuevas autoridades académicas debido a la emergencia provocada por la epidemia de coronavirus. La imagen de Ciro que me ha quedado en la retina es la de él sentado frente a mí, en un sillón de su oficina, sonriendo y conversando amablemente. La puerta de su oficina estuvo siempre abierta para mí, sin demoras y sin preguntarme siquiera el motivo del porqué le solicitaba –a través de su gentil asistente, la señora Erika Abanto– una reunión. Me recibía invariablemente con gran afabilidad y la sonrisa a flor de labios, aun cuando acababa de salir de una serie de agotadoras reuniones previas. Me invitaba a sentarme en los sillones ubicados en una esquina de la oficina, opuesta a su escritorio –como para poner de lado toda jerarquía–, me ofrecía un café y me dedicaba todo el tiempo necesario para que le expusiera la cuestión que me llevaba allí. A menudo, terminábamos conversando también de la Universidad, de nuestras investigaciones, intereses, de nuestra vida y nuestros proyectos. Y siempre, rápida y eficientemente, accedió a mis solicitudes, por lo general volcadas a solucionar problemas de carácter burocrático relativos a los currículos de nuestros estudiantes. A lo largo de estos años, me he sentido en todo momento apoyado y respaldado plenamente por él en cualquier iniciativa o decisión que he tomado como director del PEA. Ha sido un privilegio y un placer trabajar con él como decano. Gracias, Ciro, por tu generosa confianza y apoyo, y también por tu amabilidad, que convertía la solución de álgidas cuestiones burocráticas en gratos momentos de compañerismo y amistad. Te voy a extrañar y recordar siempre. Y me duele mucho que este frustrante aislamiento me impida despedirte más de cerca. Sit tibi terra levis.

 

Humberto Quispe Hernández

Hace unas horas falleció el filósofo y ensayista peruano Ciro Alegría Varona. Lo conocí en 1986 y fue mi profesor del curso de Antropología filosófica en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Recuerdo sus clases, especialmente sus explicaciones de la Fenomenología de la percepción de Maurice Merleau-Ponty. Al poco tiempo, Ciro viajó a Alemania para realizar sus estudios doctorales en la Universidad Libre de Berlín. A su retorno, nos volvimos a encontrar en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Era muy grato conversar con él por su amplia cultura, su creatividad filosófica, su amabilidad y sencillez. La noticia de su partida me ha entristecido, nos ha dejado a sus 59 años y en el mejor momento de su vida intelectual. ¡Descansa en paz, querido Ciro!

 

Centro de Estudiantes de Filosofía de la PUCP

Estimada comunidad PUCP: Desde el Centro de Estudiantes de Filosofía de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP expresamos nuestro profundo pesar ante la pérdida de Ciro Alegría Varona, reconocido filósofo, escritor y profesor de nuestra casa de estudios. Reconocemos sus valiosos aportes al desarrollo de las Humanidades en nuestro país y en el extranjero, además de su participación en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Consideramos que la mejor manera para recordarlo es leyendo sus reconocidas publicaciones y viendo sus participaciones en simposios y conferencias.

 

Cecilia Monteagudo de Bacigalupo

Nuestro querido colega y amigo, Ciro Alegría Varona (Lima, 1960-2020) ha partido dejando una gran pena en quienes lo conocimos, pero en particular entre sus colegas y alumnos de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la PUCP, la casa que lo formó (1978-1984) y donde fue profesor de la especialidad de Filosofía por muchos años. Ciro Alegría fue un humanista a carta cabal, un hombre sensible y gozador de la belleza, pero también amante del análisis agudo y el compromiso político y social que expresó desde su juventud. Su personalidad multifacética lo hizo transitar por la PUCP desempeñando muchos roles a los cuales siempre impregnó de su inolvidable sonrisa.  Fue profesor del Departamento de Humanidades desde 1996 y la excelencia de su labor docente se hizo evidente en Estudios Generales Letras, la Facultad de Letras y Ciencias Humanas y la Escuela de Posgrado, así como en su trabajo como jurado comprometido y crítico asesor de múltiples tesis de la especialidad de Filosofía. Había algo de impredecible en su carácter, que podía a veces desconcertar a quien no lo conocía bien, pero a sus amigos y colegas siempre nos pareció que era un sello de su temperamento pasional y creativo. ¡Te extrañaremos, Ciro!

 

Santiago Cueto

Conocí a Ciro cuando ingresamos juntos a la PUCP y compartimos algunos espacios también como profesores en una academia preuniversitaria. Lo recuerdo como presidente del Centro Federado de Estudios Generales Letras en esa época, me parece que una de las últimas gestiones que tuvo un grupo de izquierda, que vio a Ciro como un líder. En realidad, siempre fue un líder, aunque la política activa no fue lo suyo; en cambio, lo académico le vino natural. No nos vimos con frecuencia, pero siempre le tuve gran afecto. Durante el último año, lo contacté pues mi hija Fernanda quería cambiarse a estudiar Filosofía y no se me ocurrió mejor persona para que la oriente. Ciro fue, como siempre, muy generoso: la recibió y le regaló su premiado ensayo, que compartimos ahora como tesoro en casa. Le dio brillantes consejos y luego me escribió hablando generosa y constructivamente sobre Fernanda. Las anteriores historias creo que pintan algunas facetas de un ser humano como pocos. Ciro vive.

 

Alfredo Dammert

Gran persona, Ciro Alegría. Como Director de la Maestría de Regulación, Gestión y Economía Minera yo asistía a reuniones anuales en El Pueblo dirigidas por él. Las reuniones eran productivas y amigables gracias a su liderazgo. En las noches nos reuníamos en Happy Hours donde nos contaba sobre su pasión por la música. Cuando lo encontraba en la cafetería me contaba sobre su investigación sobre el intercambio. Persona sencilla, alegre, inteligente. Un gran ser humano.

 

Andres Leon Geyer

Partió Ciro. Inesperadamente, en plena actividad y creatividad. Así es aún más patente la marca de su ausencia, y muchos aún tratamos de concebirla. Ciro fue un maestro lleno de poesía y amabilidad constante. Al ser mi profesor de Filosofía del Arte, me dio caminos para recorrer y perspectivas de cómo mirar el estudio, fue un ejemplo de pensar y practicar las artes, incentivó mi interés en Nietzsche y me apoyó con una bella recomendación al postular para el doctorado; en resumen, sentó hitos en mi trayecto como persona y como filósofo. Cada vez que me lo cruzaba, disfrutaba de su mirada atenta, su conversación amable, teñida imperecederamente de un tono alegre, el tono que seguirá reverberando en mi recuerdo de él. Siempre fue un interlocutor fascinante, un amigo atento, una persona admirable en lucidez y ánimo. Se le va a extrañar inmensamente. Me queda el gusto de haberlo conocido. Recuerdo una metáfora del curso que llevé con él, que me ayuda a pensar este momento. En realidad, sospecho que mi memoria la ha deformado. Si no me equivoco, está basada en una imagen de Malraux (pues vimos en el curso El museo imaginario). Busqué sin éxito la cita, así que pongo aquí lo que mi recuerdo y lenguaje han hecho de ella: “La vida es como un ángel que nos agarra a puñetazos mientras lo tratamos de abrazar”. Gracias, Ciro. Quedas con nosotros.

 

Alessandro Caviglia

La última conversación que tuve con Ciro por teléfono, a pocos días de su súbita desaparición, hablamos sobre la estructura de mi tesis que yo había terminado de escribir durante el verano. Conversamos sobre las ideas de Onora O’Neill, a quien tanto él como yo estábamos descubriendo con cierta fascinación. En esa conversación, él estaba reparando en el término “followable” (“seguible”, o algo así), que la filósofa británica utiliza para referirse a la estructura de la moral kantiana, basada en la idea de razones que se pueden seguir, como cuando uno le dice a otro “Hasta aquí te sigo”, respecto del decurso de una argumentación. Después de escuchar mi comentario sobre la estructura que tenía mi tesis, que él estaba comenzando a revisar, me dijo que le parecía sorprendente y loable el que yo esté defendiendo el apriori kantiano y que se encontraba muy estimulado para seguir revisando mi trabajo. “Tienes una forma de presentar tus ideas que resulta muy convincente”, me dijo. Mi argumentación le pareció followable. A la luz de esa última conversación, podría decir que mi relación con Ciro estaba marcada por la experiencia de lo followable. Cuando lo conocí en 1998, me preguntaba si podría seguirlo en sus razonamientos. Y poco a poco seguimos en una relación de amistad y de aprendizaje mutuo. En una oportunidad, fui a visitarlo a su oficina y le dijo a un estudiante que allí se hallaba: “Te presento a Alessandro Caviglia, mi maestro en Kant”. Eso me causó bastante gracia, porque no me imaginaba como maestro de Ciro en algo. Pero también pensé que el hecho de asesorar mi tesis sobre Kant lo había introducido más decididamente en las ideas del filósofo alemán.

 

Pablo Quintanilla

Aunque Ciro Alegría conoció poco a su padre, porque este murió cuando aquel era todavía un niño, heredó su sensibilidad intelectual, estética y social, así como su elegancia y caballerosidad. Estudió Filosofía en la Universidad Católica del Perú, a fines de los años 70 y comienzos de los 80, tiempos nada propicios en nuestro país para dedicarse a una reflexión que rinde frutos al largo plazo y exige dosis de serenidad y paciencia que eran casi imposibles de encontrar en aquella época. En medio del descalabro nacional, Ciro estudiaba Filosofía y aprendía a tocar violín, con una serenidad que muchos admirábamos. Escribió su tesis de bachillerato sobre la música en San Agustín y partió a Alemania a doctorarse. Volvió al Perú en 1994, precisamente cuando yo acababa de regresar de Londres. Recuerdo que compartimos observaciones sobre lo difícil, aunque imprescindible, que es hacer vida intelectual en una sociedad atravesada por problemas de urgencia inmediata. Ciro se dedicó a la enseñanza y la investigación en la Universidad Católica, manteniendo varios registros. Nunca dejó su interés por el violín y la literatura. Era frecuente escucharlo ensayar en la sala de música de la PUCP y en varias ocasiones participó en recitales de cámara. También hizo una traducción del Edipo Rey de Sófocles, que fue puesta en escena, dirigida por Jorge Castro y teniendo a la querida Sofía Rocha como Yocasta. Fue asesor sobre temas de seguridad nacional en entidades del Estado y colaboró cercanamente con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. En medio de duras crisis nacionales y varias locales, Ciro mantenía la tranquilidad, el humor y la sonrisa. No faltaría quien pensara que él tenía la habilidad de desconectarse de lo inmediato para meditar a varios metros sobre el piso. Pero no se trataba de eso; es más bien que Ciro veía en perspectiva. Como polemista, era franco y directo, pero siempre amable. Publicó importantes artículos y libros, ganó premios de ensayo y fue decano de una importante facultad. Últimamente concentraba sus investigaciones en temas de ética, justicia y reciprocidad. Siendo polifacético, tenía sentido de las proporciones y, precisamente porque era un hombre profundo, no se dejaba llevar por la inmodestia. Esta semana nos dejó Ciro, como consecuencia de un infortunado accidente doméstico. Es inevitable sentir que varios proyectos quedaron truncos. Pero será preferible recordar los proyectos que sí se lograron. También es bueno recordarlo con esa sonrisa amable que lo acompañaba siempre. (Extracto tomado de su artículo “Ciro Alegría Varona en el recuerdo: tiempos de pesar y esperanza” en El Dominical de El Comercio: https://elcomercio.pe/eldominical/columna/filosofo-y-profesor-ciro-alegria-varona-fallecio-el-domingo-pablo-quintanilla-lo-recuerda-noticia/).

 

Manuel Monteagudo Valdez  

Me aúno a las expresiones de aprecio y admiración por Ciro Alegría y de pésame a sus familiares y amigos. Ingresé a la PUCP en la misma promoción de EEGG Letras que Ciro. En esos años fue un militante político de los sectores progresistas de la época y, sin ser parte de su grupo, yo le tenía admiración por su agudeza y su cultura. El tiempo aplanó muchas diferencias entre los miembros de mi generación y volvimos a encontrarnos como profesores. Siendo decano de la Escuela de Posgrado, él me brindó la oportunidad de participar en reuniones de trabajo en varias ocasiones y no solo redescubrí a la persona excepcionalmente inteligente que era, sino lo encontré lleno de planes y objetivos; uno de estos –que me impresionó mucho– fue su insistencia en «tender puentes» entre la rigurosa reflexión académica y la gestión y la administración. Todos coincidimos en que la ausencia de Ciro es una gran pérdida para la Universidad y el país, pero queda la esperanza de que dejó huella en las viejas y nuevas generaciones de nuestra comunidad.

 

Josimar Castilla

Recordar a Ciro es pensar en una amistad nacida de mutuos intereses espirituales. Como alumno suyo, pude acceder a una riqueza de saberes que uno debía aprovechar como insumos para el propio pensamiento. Lejos quedaban sus enseñanzas de ese metódico y predecible ofrecer información que, a veces, uno mal espera de sus profesores, acercándose más bien a la viva reflexión compartida y al cultivo de ese extraño arte que en filosofía, como bien me lo indicaría más de una vez, puede ser el invocar la memoria de los viejos espíritus y sus experiencias a condición de encontrar en ellos una orientación para el propio presente. Como músico, Ciro aceptó muy gentilmente participar del primer concierto de una banda de la que fui miembro, dejando su performance impresionado a todo el que asistió a ese evento tan extraño como alentador. Ciertamente, toda vez que pude escucharlo en alguno de sus conciertos, despertaba en mí esa inquietud por la música como una forma de celebrar e intensificar la vida. Habiendo sido mi asesor de tesis, recordar a Ciro es volver sobre los pensamientos compartidos al conversar sobre las investigaciones en las que estábamos sumidos, que escuchábamos con curiosidad respetuosa y de pronto emocionada. Recordar a Ciro es, así, quedar agradecido por haber tenido como mi maestro a quien concebía el pensamiento como cosa viva, inacabable, hiriente, pero, por ello mismo, profunda y reveladora; es quedarse, tras la pena por su pronta e irreparable partida, con la dicha de haber conocido a una persona excepcional, convencida de que el pensar es también un acto de reciprocidad y transformación.

 

Gonzalo Gamio Gehri

Ciro Alegría Varona, maestro, colega y amigo, ha fallecido hace contados días. Es una pérdida irreparable para la comunidad filosófica y para las instituciones en las que colaboró como profesor e investigador, en especial la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Contribuyó decisivamente con la Comisión de la Verdad y Reconciliación en la elaboración del volumen sobre Fuerzas Armadas. Ciro estuvo firmemente comprometido con la idea de un control civil de las Fuerzas del orden, en contra de la tesis autoritaria de que existen “instituciones tutelares” en la sociedad peruana. Ciro era un filósofo dedicado al estudio del griego, que cultivó con devoción en sus trabajos sobre la literatura clásica y la filosofía moral de la antigüedad. Su rigurosa traducción de Edipo Rey constituye un gran ejemplo de esta labor. Desde esta línea de pensamiento, sostenía que, si la vivencia del sufrimiento es ineludible, por lo menos puede ser fuente de sabiduría. Si me preguntan, esa fue una de las lecciones más importantes que aprendí de sus escritos y de sus clases. Formado en canteras hegelianas, sus reflexiones sobre la justicia global lo llevaron a sumergirse en el pensamiento kantiano. Siempre discutimos amigablemente sobre ese itinerario suyo de Hegel hacia Kant. Él, fiel a su espíritu, recibió mis preguntas con una honda honestidad intelectual, esbozando sólidos argumentos, pensando en los problemas que se plantean desde el terreno de la práctica. De palabra franca y fluida, Ciro era un intelectual estricto y profundo, de actitudes sencillas en el trato personal. Estaba convencido de que en el trabajo del pensamiento importa más la exposición de los problemas y sus vías potenciales de solución antes que alimentar la subjetividad del autor. Como maestro era extraordinariamente generoso y dedicado. Como amigo, sabía escuchar y compartir sus propias ideas con agudeza y buen juicio. Siempre mostraba una amplia sonrisa que reflejaba apertura y bondad natural. Revelaba además un profundo sentido de justicia para abordar los conflictos del quehacer académico y administrativo en la Universidad. Sus Adagios reproducen esa lucidez para enfrentar las dificultades de la vida cotidiana. Era sin duda un ser humano sumamente valioso, como atestiguamos sus alumnos, colegas y amigos. Es triste tener que despedir tempranamente a una persona con ese talento y virtudes, con tantas ideas y proyectos bajo el brazo. Te echaremos mucho de menos. (Extracto de su artículo “Ciro Alegría Varona: una vida dedicada al pensamiento crítico”: https://revistaideele.com/new/2020/05/23/ciro-alegria-varona-una-vida-dedicada-al-pensamiento-critico/).

 

Rosemary RizoPatrón de Lerner

Querido Ciro: Ahora que has partido—a ese viaje que todos emprenderemos tras de ti y del que no regresaremos—, he decidido no hablar de ti (de todos tus méritos y logros) como testimonio de tu memoria, sino hablar contigo y despedirme. No pensé que tu partida tan intempestiva y trágica me sacudiera así. Más me ha costado, cuanto más pasaban los días e iba interiorizando el carácter definitivo de tu viaje y a medida que los recuerdos sedimentados se iban reactivando. Te conozco desde “chibolo”, quizás desde tu ingreso a la universidad. Difícil no percatarme de ti, no sólo porque llevas el nombre de tu ilustre padre, ni porque—desde mucho tiempo antes, cuando llevaba a mis hijos a sus clases de piano en la Avenida Cuba con la tía de tus hermanos mayores, María Amésquita—ya conocía de paso a tus medios hermanos, Ciro y Alonso. Te hiciste notar desde un inicio por tu propia personalidad—tu entusiasmo, tu inagotable curiosidad intelectual y tu peculiar gentileza de carácter. Primero como estudiante, decía, luego como colega y amigo—y luego, en medio de los avatares que nos puso la vida por delante—tanto en el país como en la universidad. Recuerdo vívidamente no solo tu participación en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación entre el 2001-2003 (colaborando en el capítulo sobre el papel de las Fuerzas Armadas durante el conflicto armado interno), sino también nuestras reuniones en casa todos los jueves por la noche (casi por 8 meses) con el grupo de filósofos que, con Salomón, buscábamos ayudarle a dar un ángulo ético a la redacción final del informe—todos conscientes de enfrentar una muy difícil responsabilidad. Tus colaboraciones con las distintas acepciones de varios de los conceptos de nuestro Glosario Filosófico, que fue creciendo, las tengo aún guardadas. Recuerdo sobre todo tus agudas distinciones en torno al concepto de “Justicia”. Recuerdo, Ciro, asimismo (y no puedo dejar de sonreír al hacerse vívida dicha memoria) tu entusiasmo cuando nos llegaban las pizzas y descorchábamos los vinos, para seguir discutiendo hasta pasada la medianoche. En la universidad, tus intervenciones en congresos, conferencias, luego en la Asamblea Universitaria, siempre destacaban por el ángulo reflexivo que les imprimías. Muy especialmente recuerdo todas aquellas que tuvieron lugar a fines del 2018, durante el 2019 e inicios del 2020, en que nuestra universidad atravesó momentos especialmente críticos. Una de las cosas que más te agradezco es haberme llamado y encargado el capítulo “Responsabilidad” en tu Manual de principios y problemas éticos, cuyo proyecto lo tomaste como una tarea vital que debías asumir desde tu condición de decano de la Escuela de Posgrado; te agradezco también tus cariñosas y amables palabras (que no merecía) cuando te envié mi colaboración en agosto del 2016. Y te estoy igualmente agradecida el que hayas pensado en mi, en setiembre del 2018, para comentar y discutir con Stefan Gosepath en Letras y Ciencias Humanas una ponencia suya sobre dicho tema. Previamente, el 2007, Gosepath había colaborado con el texto “Responsabilidad por la eliminación de los daños morales” en la publicación editada por Francisco Cortés y Miguel Giusti, Justicia global, derechos humanos y responsabilidad el 2007. Recuerdo que estabas encantado con la visita de Gosepath. Me quedé en deuda contigo, Ciro, en mi calidad de directora del CEF. Cuando apareció tu Manual de principios y problemas éticos alrededor de agosto del 2019, me pediste organizar contigo y el Grupo de Investigación en Filosofía Social un ciclo de conferencias para las dos primeras semanas de octubre, sobre los temas del libro a modo de “presentación” del mismo. Querías que “el afiche, en papel y electrónico” reprodujera “la imagen de la carátula del libro”. Después de cavilar, decidimos contigo en que lo haríamos este (que resultó fatídico) año 2020, con el Instituto Goethe, y que, para tal presentación, haríamos participar a más mujeres. No tuvimos ni siquiera la oportunidad de conversar sobre dicho tema el verano que ya terminó. Estuviste en Europa, luego nos cayó la cuarentena. Y luego … te fuiste para siempre. Pero es una promesa que te hago, no me olvidaré. El valor de ese libro, y su propósito—como el de Adagios, que ya tiene su lugar ganado en la historia literaria del país—será destacado también. Al presentarlo no olvidaremos que “Los artículos que conforman este libro exponen y defienden una determinada concepción de la moral, la moral de igual respeto a todo ser humano”—. No olvidaremos, especialmente, que dicha moral te caracterizaba esencialmente. Adiós, querido amigo.

 

DISCURSOS LEÍDOS EN LA CEREMONIA DE HOMENAJE DE LA PUCP A CIRO ALEGRÍA VARONA AL CUMPLIRSE EL PRIMER MES DE SU FALLECIMIENTO

 

Salomón Lerner Febres

Julio del Valle

Susana Reisz

Levy del Águila

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